La mosca daba vueltas sobre la cabeza del niño. Su cabellera parecía un trozo de alfombra turca, con pequeñas motas coloradas del porte de un guisante, tenia los ojos de un color café, como el roble, se llamaba Juan, como su abuelo, pero al mismo tiempo no, ya que siempre recordaba lo que su madre le decía
--- ¡Te he dicho 100 veces que no te llamas como tu abuelo!---con el ceño fruncido su madre replicaba--- ¿Acaso me quieres matar de nervios?
--- Pero, que el abuelo no se llama...
--- ¡Si!--- respondió a gritos su madre--- Juan, pero no es en honor a el que te llamas así, así que no te llamas como tu abuelo, ¿entendiste?
--- Si mama --- mirándola como a un cachorro asustado--- aunque no se porque te molesta tanto.
Si Juan hubiera sabido en su niñez, cual era la razón por la cual su madre llegaba a parecer un toro en las corridas de los domingos, probablemente no hubiera querido llamarse Juan.
--- Me habría querido llamar Javier ahora que lo pienso, tal vez Diego, pero bueno lo hecho, hecho esta--- decía Juan cada vez que recordaba su niñez--- claro que ahora Juan me sienta bien, muy a secas, Juan Opaso. Gracias a Dios que mi madre nunca dijo nada.
--- ¿De que hablas Magoño?--- le pregunto Luís con recelo, lo miraba como si estuviera loco-- ¿otra vez recordando pendejadas?
--- ¡Carajo Lucho!--- respondió Juan, con una voz ronca, como el crujir de la madera en el bosque--- déjame en paz, que me gusta pensar en la mierda de pequeño
Se incorporo al trabajo, tomando un par de palos y acarreándolos hacia el carro concluyo:
--- Estaba pensando en el secreto ese, el que siempre traigo en la cerviz.
--- El de tu abuelo, ese tal --- dijo Luís riéndose, con cara de burla, y mirando lo fijo--- ¿Juan Cubillos?
--- Si, y si te ríes de nuevo --- tomando a Luís por el cuello--- te parto la cara Lucho, ¿claro?
--- Claro--- dijo Luís tragando un flema en su garganta.
Juan jugaba con su tren de madera, en la habitación de su padre; era un cuartucho de las mineras, con suelo de tierra, paredes de madera, no mas gruesas que una vara de membrillo, una ventana pequeña que daba luz durante un par de horas y que luego permitía el paso de arañas y zancudos. El cuarto no tenía luz, y solamente se ventilaba al mantener la puerta abierta, una cama de paja y una mesita con un retrato de una mujer, a quien Juan no conocía, eran el inmobiliario del cuarto-casa. La mujer de la imagen, era su madre, había muerto en el parto según le contaron, claro que él no sabía aun que era un parto, ni que significaba tener madre.
Jugaba concentradamente, como cualquier niño, imaginándose dentro de la caldera arrojando carbón para mover la maquina, creía ser maquinista; con su atuendo, la pala y los guantes, Juan era feliz. En ese momento entro un hombre con la cara sucia, llena de tierra y sudor, con un olor a sal, aceite de motor y un perfume de supuesto azahar. Era el padre de Juan, el respetado Don Diego, que venia del trabajo, con su típico caminar ladeado; había perdido un pie en la guerra del pacifico y luego termino por perder la pierna en un accidente con una carreta. Juan siempre admiro la prótesis de madera, esa mal llamada "pata de palo", como le decían los amigos de su padre, por su gracia y su parecido a una pierna real.
Diego Cubillos llegaba cada tarde con la comida y otras provisiones, aunque a veces llegaba con ganas de morir de hambre y dejar de levantar piedra tras piedra, solo para comer. Era en esos momentos cuando ver al pequeño Juan en el suelo jugando lo animaba a seguir.
---Cuando crezcas, iras a estudiar al extranjero--- le decía a Juan--- no serás como tu padre, el trabajo honrado no paga tan bien como el pensamiento, en estos días...
Juan nunca respondía, no porque no quisiera, ni porque no supiera como, solo porque el jamás oía a su padre, estaba tan absorto jugando con su locomotora que solo cuando su padre lo tomaba en brazos, lograba soltar un par de silabas
--- Si papa, déjame seguir jugando, ¡casi llega a Canama el tren!
--- Calama, Juan, Calama, se llama así porque...
Pero ya era tarde, nuevamente Juan estaba en el suelo dando ruidos parecidos a los de una tetera, claro que a su parecer, eran sonidos de una locomotora.
El sol hacia parecer al infierno, paraíso, a las 2 de la tarde se podía freír huevos en las rocas y cocer carne de res a la sombra, como "un gran horno" según Juan. El desierto no perdonaba la vida, como un tirano egoísta, trataba de eliminar todo lo que se posara o moviera en el, solo las ráfagas de aire calido permitían un descanso para los innumerables exiliados, seres solitarios, con tez oscura y manos endurecidas, de plomo y estaño, moldeables, pero inmóviles.
Juan se movía, se movía cansado, como si hubiera nacido cansado, llegaba por primera vez a ver un lugar tan seco, ni siquiera había pensado en encender su cigarrillo. Llevaba semanas caminando por el árido desierto, había transitado por las líneas de tren, testamentos de una era pasada llena de riquezas y derroches. Tal como lo había hecho su abuelo, Juan caminaba tarde y noche, dormía enterrado desde el amanecer hasta más allá del mediodía, y se aplicaba un jarabe de ñatre en la piel, para evitar a los alacranes. Buscaba una vida nueva, dejar atrás, sin melancolías ni nostalgias de cantina, sin buscar el recuerdo en el fondo de un vaso, sin tener que sudar noches de amor falso, para poder llorar por la mañana arrepentimiento verdadero. Aun así, aun cuando camino tanto, no había podido olvidar, tenia el olor a tabaco en su nariz, en la mollera, y el gusto a sangre en la boca, como si sus encías sangraran. Destellos habrían de atormentarlo, cada noche en sueños, destellos que solo desperecerían después de encontrar a Pilar. No había comido desde hace 3 días, parecía tener el vientre pegado a la espalda, las ulceras provocadas por el alcohol en sus noches bohemias, le producía un terrible dolor en el abdomen, como cuchillos desgarrándole el estomago. La arena, lo había dejado parcialmente ciego, y su nariz parecía tener kilos y kilos de mugre, a su parecer, el infierno seria un paraíso.
--- ¡Mierda!--- grito Juan, como si alguien lo escuchara--- ¡Que me trague la tierra!... ni siquiera morir se puede en este desierto...
--- Juan no hagas eso--- dijo su madre--- te hace mal, para la sangre y el hígado, el doctor dijo que no comieras tierra.
--- ¡Pero mama!--- respondió el chicuelo, con la boca manchada, con lodo en las mejillas y las manos embarradas--- no estaba comiendo tierra, es un pastel de chocolate, de esos que hacia doña Inés...
--- Niño, no le mientas a tu madre, vas a botar gusanos por decir mentiras.
--- Mama, ---respondió Juan nuevamente, esta vez no como un niño, sino con un aire de madurez--- no estoy mintiendo, si quieres te convido pastel.
--- Dios mío--- Lucía se rió mirando al chico, que le devolvía la mirada con inocencia--- te pareces tanto a tu padre.

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